Mucho cuidado con las mascotas y el calor

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Las altas temperaturas que se alcanzan en verano, afectan mucho a las mascotas. Dejar a un perro solo dentro del coche es “como una bomba de relojería” ha explicado a Europa Press José Antonio Jara, vocal de Animales de Compañía del Colegio Oficial de Veterinarios de Murcia.

Señala que, ante el calor, hay que extremar las precauciones con los animales, muy especialmente con los perros. Es muy peligroso dejar a un perro sin vigilancia dentro de un coche, aunque sea con la ventanilla entreabierta “aunque lo hayamos dejado a la sombra, puede acabar dándole el sol al vehículo y causarle al animal un golpe de calor e incluso la muerte”. Este riesgo se multiplica en el caso de perros obesos, con problemas de corazón o edad avanzada.

El perro debe tener siempre agua a su disposición. Se esperará a que amaine el calor para pasearlo por la mañana y por la tarde, y si sale a mediodía, será sólo el tiempo justo para que haga sus necesidades. Si por alguna causa, debemos sacarle cuando haga mucho calor, se llevará consigo agua.

Los síntomas del gravísimo golpe de calor, incluyen síntomas como jadeo excesivo, agobio generalizado y las mucosas muy rojas. Se le puede tomar la temperatura vía rectal para comprobar que no haya pasado de 40º. Si sospechamos que nuestro animal tiene un golpe de calor, hay que enfriarlo con una manguera o metiéndolo en la bañera con el agua según sale del grifo. Si no hay agua a nuestro alcance inmediato, hay que frotarle con alcohol las almohadillas de las patas y la barriga. En cualquier caso, hay que trasladarlo inmediatamente a Urgencias.

Los gatos suelen manejarse solos para huir del calor, pero hay que facilitarles sombra y cuidar que no les falte agua. Hay que señalar también que los pájaros son muy vulnerables también, tanto al calor como a las corrientes de aire. Hay que colocarles en un lugar adecuado y cambiarles el agua frecuentemente.

Los perros también se pueden resfriar en verano, tanto por el aire acondicionado como por sacar la nariz o la cabeza por la ventanilla del coche.

 

Viejo, sordo, incontinente

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Por su interés, reproducimos este artículo de la escritora Elvira Lindo publicado en el diario El País, en el que habla sobre su perrito, que aparece en la fotografía.

21/06/2009

Mi perro es bastante viejo. Casi dieciséis años. Hace casi dieciséis años iba yo zascandileando por Chueca cuando vi en la jaulilla de una pajarería un yorkie diminuto, más parecido a un murciélago que a un perro. Lo compré. Yo no sabía mucho de perros hasta entonces. Ahora sé casi todo.

Tras años de estrechísima convivencia (me ha seguido con admiración en todas mis actividades diarias, sin exclusión) casi me atrevo a decir que nadie me ha querido tanto como él. No hay cariño de un hombre que se ponga a la altura de semejante enamoramiento. Las visitas han sido testigos de la fascinación que el pequeño murciélago ha sentido siempre por mí. Me sentaba a comer y me miraba desde abajo como diciendo, “mírala, qué bien mastica”. Me echaba la siesta y él se la echaba conmigo; debía de presentir el momento en que yo iba a abrir los ojos porque, cuando me despertaba, lo primero que encontraba eran los ojos negros bajo el flequillo perlado. Tampoco me quitaba ojo mientras escribía columnas, novelas, guiones, “no hay otra como ella -parecía pensar-, algún día, este país le dará el lugar que le corresponde: el Parnaso”.

Sé que hay lectores que considerarán pueril mi relato. Lo asumo. Si Hitchcock abominaba de rodajes con perros y niños, también hay lectores que en cuanto ven que un artículo se llena de animales, pasan la página. Que la pasen. Es una aspereza típicamente española. Ésa es una buena razón para hojear de vez en cuando la prensa internacional. El otro día, en The Washington Post, venía un extracto conmovedor de Old Dogs, de Gene Wengarten y Michael S. Williamson, un ensayo sobre la experiencia de convivir con perros viejos. Uno de los autores recuerda con nitidez el día en que sintió que su perro comenzó a envejecer. Yo también lo tengo fechado: mi perro se hizo viejo el primer invierno que pasó en Nueva York. En otoño, la ciudad le volvió loco. En contraste con los educadísimos perros neoyorquinos, el mío, iba cruzándose de lado a lado de la acera, queriendo atrapar todos esos olores a mierda de las alcantarillas, a flores de los coreanos, a esas bolsas enormes de comida que tiran por la noche y en la que, si te fijas con atención, ves moverse a las ratas por debajo del plástico negro. Pero llegó el frío hiriente, ese que te quema la cara y te agarrota las manos, y el pobre empezó a andar de puntillas como un Chiquito de la Calzada a cuatro patas. Sucumbí ante eso que hasta hacía un año me parecía una bobada anglosajona: el abriguito. Y es que un perro de Chueca no estaba hecho para esos hielos. Tampoco para los calores agosteños. Recuerdo una mañana ardiente de verano, tras hacerle andar cinco kilómetros por la avenida Madison, que el pobre se me desparramó en el charco de agua que se forma bajo los quioscos de flores y ya no hubo manera de que anduviera. Me lo llevé a casa en brazos con la pelambre chorreando. Ay, esos mis primeros tiempos de soledad. Él provocaba que me saludaran los niños y las viejas. Alguna vez que nos ausentamos de la ciudad, vivió en casa del escultor Leiro y se convirtió en un personajillo querido y célebre entre los vecinos de aquella zona de Tribeca.

Sí, yo presentía que se estaba haciendo viejo. Al principio fue un cambio sutil. De joven, había sido como ese chihuahua argentino del chiste que vive en Alemania y le dice a otro perro, “yo en mi país era un dóberman”. Él siempre se había considerado un dóberman. Era mi perro de defensa, no es broma. En cuanto llegaba alguien a casa esos cinco kilos se enredaban entre las piernas de la visita, que se quedaba atónita, aturdida. Pero ese espíritu chulesco se fue aplacando; a esta nueva paz contribuyeron la ceguera y la sordera. Pero en vez de reaccionar con frustración y tristeza, como haría un ser humano, mi perro viejo fue optando por la tranquilidad de espíritu.

Ahora, no me cabe duda, es un sabio. En verano encuentra el rincón más fresco, en invierno el rayo de sol más sabroso; no tiene prisa por levantarse, si tú te levantas a las doce él se levanta a las doce, si tú te levantas a las ocho él se levanta también a las doce; ya no quiere alejarse más de cien metros de casa, cuando llega a la esquina, se da media vuelta y da por finalizado el paseo; prefiere dar paseíllos por el patio, como si fuera un jardinero experto, disfrutando del olor de cada hoja; y si se mea (lo que ocurre con cierta frecuencia) ya no corre a esconderse bajo el sofá con miedo a ser castigado. Cuando te ve acercarte con la fregona, te mira como diciendo, “tengo derecho a mearme, soy un viejo incontinente”.

Un amigo me dijo un día, “me encantan los perros, pero no los tengo porque su ciclo de vida es demasiado corto”. Es cierto. Pero hay algo tan digno en su vejez, esa capacidad para convertir las limitaciones físicas en placidez contemplativa, que su actitud se convierte en una lección diaria. Cierto es que a veces echo de menos esa adoración sin límites que le hacía mover la cola sólo por el hecho de que yo le mirara. Hemos cambiado los papeles, ahora soy yo quien de vez en cuando se acerca a su cojín. Le miró esos ojos como canicas que miran sin ver y le digo, “cuánto te admiro”. Y él ronronea, entiende mi admiración. Es un viejo con la autoestima por las nubes.

 

 

Concentración en Coria, Cáceres

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Mucho cuidado con las espigas

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