Maravillosa iniciativa para ayudar a los galgos
La Asociación Baas Galgo, en su lucha por mejorar la situación de los galgos españoles, ha lanzado un calendario solidario donde posan galgos españoles con artistas famosos de toda España. (más…)
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Por su interés, reproducimos este artÃculo de la escritora Elvira Lindo publicado en el diario El PaÃs, en el que habla sobre su perrito, que aparece en la fotografÃa.
21/06/2009
Mi perro es bastante viejo. Casi dieciséis años. Hace casi dieciséis años iba yo zascandileando por Chueca cuando vi en la jaulilla de una pajarerÃa un yorkie diminuto, más parecido a un murciélago que a un perro. Lo compré. Yo no sabÃa mucho de perros hasta entonces. Ahora sé casi todo.
Tras años de estrechÃsima convivencia (me ha seguido con admiración en todas mis actividades diarias, sin exclusión) casi me atrevo a decir que nadie me ha querido tanto como él. No hay cariño de un hombre que se ponga a la altura de semejante enamoramiento. Las visitas han sido testigos de la fascinación que el pequeño murciélago ha sentido siempre por mÃ. Me sentaba a comer y me miraba desde abajo como diciendo, “mÃrala, qué bien mastica”. Me echaba la siesta y él se la echaba conmigo; debÃa de presentir el momento en que yo iba a abrir los ojos porque, cuando me despertaba, lo primero que encontraba eran los ojos negros bajo el flequillo perlado. Tampoco me quitaba ojo mientras escribÃa columnas, novelas, guiones, “no hay otra como ella -parecÃa pensar-, algún dÃa, este paÃs le dará el lugar que le corresponde: el Parnaso”.
Sé que hay lectores que considerarán pueril mi relato. Lo asumo. Si Hitchcock abominaba de rodajes con perros y niños, también hay lectores que en cuanto ven que un artÃculo se llena de animales, pasan la página. Que la pasen. Es una aspereza tÃpicamente española. Ésa es una buena razón para hojear de vez en cuando la prensa internacional. El otro dÃa, en The Washington Post, venÃa un extracto conmovedor de Old Dogs, de Gene Wengarten y Michael S. Williamson, un ensayo sobre la experiencia de convivir con perros viejos. Uno de los autores recuerda con nitidez el dÃa en que sintió que su perro comenzó a envejecer. Yo también lo tengo fechado: mi perro se hizo viejo el primer invierno que pasó en Nueva York. En otoño, la ciudad le volvió loco. En contraste con los educadÃsimos perros neoyorquinos, el mÃo, iba cruzándose de lado a lado de la acera, queriendo atrapar todos esos olores a mierda de las alcantarillas, a flores de los coreanos, a esas bolsas enormes de comida que tiran por la noche y en la que, si te fijas con atención, ves moverse a las ratas por debajo del plástico negro. Pero llegó el frÃo hiriente, ese que te quema la cara y te agarrota las manos, y el pobre empezó a andar de puntillas como un Chiquito de la Calzada a cuatro patas. Sucumbà ante eso que hasta hacÃa un año me parecÃa una bobada anglosajona: el abriguito. Y es que un perro de Chueca no estaba hecho para esos hielos. Tampoco para los calores agosteños. Recuerdo una mañana ardiente de verano, tras hacerle andar cinco kilómetros por la avenida Madison, que el pobre se me desparramó en el charco de agua que se forma bajo los quioscos de flores y ya no hubo manera de que anduviera. Me lo llevé a casa en brazos con la pelambre chorreando. Ay, esos mis primeros tiempos de soledad. Él provocaba que me saludaran los niños y las viejas. Alguna vez que nos ausentamos de la ciudad, vivió en casa del escultor Leiro y se convirtió en un personajillo querido y célebre entre los vecinos de aquella zona de Tribeca.
SÃ, yo presentÃa que se estaba haciendo viejo. Al principio fue un cambio sutil. De joven, habÃa sido como ese chihuahua argentino del chiste que vive en Alemania y le dice a otro perro, “yo en mi paÃs era un dóberman”. Él siempre se habÃa considerado un dóberman. Era mi perro de defensa, no es broma. En cuanto llegaba alguien a casa esos cinco kilos se enredaban entre las piernas de la visita, que se quedaba atónita, aturdida. Pero ese espÃritu chulesco se fue aplacando; a esta nueva paz contribuyeron la ceguera y la sordera. Pero en vez de reaccionar con frustración y tristeza, como harÃa un ser humano, mi perro viejo fue optando por la tranquilidad de espÃritu.
Ahora, no me cabe duda, es un sabio. En verano encuentra el rincón más fresco, en invierno el rayo de sol más sabroso; no tiene prisa por levantarse, si tú te levantas a las doce él se levanta a las doce, si tú te levantas a las ocho él se levanta también a las doce; ya no quiere alejarse más de cien metros de casa, cuando llega a la esquina, se da media vuelta y da por finalizado el paseo; prefiere dar paseÃllos por el patio, como si fuera un jardinero experto, disfrutando del olor de cada hoja; y si se mea (lo que ocurre con cierta frecuencia) ya no corre a esconderse bajo el sofá con miedo a ser castigado. Cuando te ve acercarte con la fregona, te mira como diciendo, “tengo derecho a mearme, soy un viejo incontinente”.
Un amigo me dijo un dÃa, “me encantan los perros, pero no los tengo porque su ciclo de vida es demasiado corto”. Es cierto. Pero hay algo tan digno en su vejez, esa capacidad para convertir las limitaciones fÃsicas en placidez contemplativa, que su actitud se convierte en una lección diaria. Cierto es que a veces echo de menos esa adoración sin lÃmites que le hacÃa mover la cola sólo por el hecho de que yo le mirara. Hemos cambiado los papeles, ahora soy yo quien de vez en cuando se acerca a su cojÃn. Le miró esos ojos como canicas que miran sin ver y le digo, “cuánto te admiro”. Y él ronronea, entiende mi admiración. Es un viejo con la autoestima por las nubes.
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Aquà le tenemos, éste es “Bo”. (más…)
 Silvia Espigado, que interpreta a la madre de Josete en la serie “Cuéntame cómo pasó” , es una gran amante de los animales. Y lo que es aún mejor, plenamente concienciada de la terrible realidad del abandono y los malos tratos a los que son sometidos tantÃsimas veces. (más…)